Más de 2,000 personas celebraron el Día de la Cultura Ecuatoriana con música, danzas, gastronomía y arte convirtiendo este rincón de Westchester en un pedazo de Ecuador

Ariana Almeida-Martínez | Westchester Hispano | Colaboradora
Sleepy Hollow, NY
Sleepy Hollow conservaba su apariencia de siempre: calles angostas, paisaje ordenado, arquitectura victoriana y banderas de estrellas y franjas ondeando por doquier. Pero, el domingo pasado, en medio de ese escenario, Barnhart Park había dejado de ser solamente un parque en aquel pueblo del condado de Westchester para convertirse —por al menos unas horas— en el ‘corazón’ de Ecuador.
Allí, faldas multicolor, trajes bordados, sombreros y ponchos desplegaron un abanico de folclor durante la séptima edición del festival Raíces de Westchester. Los sonidos de la bomba (género musical afroecuatoriano) acompañaron a los asistentes en un viaje imaginario hasta el Valle del Chota, un poblado en la provincia de Imbabura, al norte del país latinoamericano. Con botellas suspendidas sobre la cabeza, las bailarinas de Arts 10566, una organización de Peekskill, montaron una coreografía. Movimientos sincronizados, bamboleo de caderas y sonrisas juntaron al público en un aplauso común.

A pocos pasos, Tania Vallejo veía con orgullo a sus pupilas. Llegó a Estados Unidos hace cuatro años. Tardó poco en darse cuenta de su nueva misión: representar a la cultura ecuatoriana a través de los ritmos tradicionales. Lleva 20 años como maestra de baile e interpreta todo tipo de coreografías. Sin embargo, las danzas tradicionales —sobre todo esas de lugares de Ecuador poco conocidos o representados— son su actual motivación.
“No importa si la gente es de aquí o hispana, siempre reciben muy bien nuestros bailes. Les gustan los colores, la música y para mí es un orgullo representar a mi país de esta manera”, resaltó. Y entre el meneo de los pliegues de las faldas de las bailarinas, apareció Milena, de tres años. No era parte del cuerpo de baile, pero —sin duda— se robó el show. Su madre, Carmen González, contó que la cultura ecuatoriana está presente en casa constantemente, pero era la primera vez que su hija más pequeña participaba tan entusiasmada de los sonidos de la música ecuatoriana, interpretada en vivo por la agrupación Chota Madre.
“Me siento muy feliz y nostálgica de que ella aprenda de nuestro país”, contó González. Mientras tanto, Milena daba vueltas y vueltas sosteniendo el bordillo de su camiseta, imitando el paso que las bailarinas hacían con sus trajes.
Detrás de aquella presentación estaba Arts 10566, una organización de Peekskill fundada por Wilfrido Moreno para acercar el arte a niños y jóvenes de la comunidad. Moreno explicó que su trabajo busca crear oportunidades gratuitas, especialmente para quienes tienen recursos limitados, pero también utilizar el arte para conectar culturas y visibilizar a la comunidad latina desde otro lugar: el de sus artistas, sus tradiciones y todo lo que tienen para compartir.
Del pueblo para el pueblo
Desde las 3 p.m., los aromas, sonidos y el tricolor ecuatoriano ya habían llenado Barnhart Park. Más de 2,000 personas se sumaron a la fiesta que contó con el apoyo de la municipalidad de Sleepy Hollow, de ArtsWestchester y de Montefiore Einstein. Una mezcla entre inglés y español podía oírse por todo el espacio. Puestos de artesanías, negocios de comida típica, organizaciones comunitarias, una galería de arte y hasta una mesa para que los niños crearan obras artísticas estuvieron habilitados por unas cinco horas.
A Diana Loja, organizadora del evento y enlace comunitario hispanohablante con la alcaldía, estar en el tercer trimestre de su embarazo no le impidió dirigir, coordinar, recorrer y guiar el festival. Adornada con un collar de cuentas amarillas, azules y rojas, compartió la felicidad de ver plasmado uno de sus sueños: la cultura ecuatoriana representada a través del arte y la gastronomía. Loja llegó a Estados Unidos cuando tenía 14 años.
Dejó Ecuador, pero sus raíces aún la acompañan. Empezó como voluntaria y tiempo después se convirtió en el puente entre la comunidad hispana y el gobierno local. Aunque su corazón late por el tricolor, ha buscado formas de visibilizar otras nacionalidades. “También organizamos una celebración dominicana y en mayo la fiesta mexicana”, describió. Incluso para septiembre tienen contemplado un festival multicultural que reunirá a la población asiática, europea y africana. “La idea es que de alguna manera todos se sientan representados”, añadió.

Para Loja, el generar espacios gratuitos —tanto para el público como para los vendedores que arman sus puestos allí— es el objetivo principal. La organizadora hace énfasis, además, en que en estas festividades los artistas deben recibir un pago por sus presentaciones. “Se debe reconocer su esfuerzo. Los festivales regularmente no lo hacen; los grupos se presentan gratis”.
Mientras ella hablaba sobre la realidad que viven muchos artistas independientes de la región, Amauta entonaba ritmos andinos acompañados de charango, guitarra, flauta, rondador y violín.
Las melodías del también pintor José Antonio Mora cautivaron a los asistentes con acordes de pasillos y albazos. La jornada también recibió las danzas tradicionales de Sentimiento Andino, Yansur y Sumak Taki Llakta. Hubo presentaciones de vestimenta típica y demostraciones de la lengua nativa quichua.

Del hornado hasta la fe
Ritmos variados, platillos de todas las regiones, arte y cultura del Carchi al Macará (expresión geográfica ecuatoriana para referirse de norte a sur) invadieron la fiesta con sus sabores y colores.
“Creo que cada persona puede sentirse identificada con algo aquí. Para mí, la comida es lo que más extraño. Me encanta el hornado”, mencionó Jessica Leiva.
Cuando escuchó sobre Raíces de Westchester no dudó en asistir. La residente de Mamaroneck ha vivido en Estados Unidos por más de veinte años y cuenta que en su área son pocas las expresiones culturales ecuatorianas, así que aprovecha la oportunidad de acudir a estos espacios que se dan en la zona.
“Quiero que mi hija conozca de nuestra cultura. Estos festivales nos permiten crear memorias”, detalló Leiva.
A pocos metros estaban los puestos de comida. Hornado, empanadas de verde y de viento, salchipapas, jugos de coco, mora y maracuyá, y espumilla llenaron el ambiente con los aromas tradicionales. Y junto a la gastronomía estaba la fe.
La pintura de una procesión de la Virgen formaba parte de las obras que José Antonio Mora exhibía en el lugar junto a su colega Iliana Herrera. La pieza ‘Añoranzas y terruño’, dibujada bajo la técnica de yuxtaposición, fue elegida por Sonia Sumba y Luis Lucero para decorar su hogar. La pareja radicada en Yonkers vio en la imagen la mezcla perfecta entre tradición y protección divina.
Una expresión de fe y conocimiento ancestral mantuvo en silencio a la audiencia por unos minutos. Sobre el piso, la chacana (cruz andina) había sido trazada con semillas, frutas y flores para la ceremonia de agradecimiento a la Pachamama (madre tierra). Los cánticos y las palabras guiaron el rito.
A un costado de la cruz andina, la senadora Andrea Stewart-Cousins miraba la escena. Loja explica que la representante es muy cercana a las comunidades latinas y que incluso hace dos años oficializó la celebración como la primera dedicada a la cultura ecuatoriana. El congresista Mike Lawler también se sumó al festival, compartió con la comunidad y se tomó fotografías con los danzantes.

El pertenecer
En la noche, cuando la música comenzó a extinguirse y los asistentes empezaron a salir, Barnhart Park y sus alrededores recuperaron la imagen con la que había amanecido un Sleepy Hollow con calles angostas, arquitectura victoriana y banderas de estrellas y franjas ondeando por el pueblo. A lo lejos se escuchaba el murmullo de los ecuatorianos que entendieron que, aunque estén lejos de casa, cualquier lugar puede convertirse en su hogar.
Para algunos la patria está en el sabor del hornado; para otros, en el ritmo de una bomba, en una palabra en quichua, en una oración a la Pachamama o en la mirada orgullosa de una madre viendo a su hija bailar.
Fue así como Raíces de Westchester les permitió recordar que nunca dejarán de ser ecuatorianos, porque la pertenencia no siempre desaparece con la distancia.












