Migrantes latinas en Westchester enfrentan dobles y triples turnos mientras sostienen la crianza, el hogar y la estabilidad económica de sus familias

Ariana Almeida-Martínez | Westchester Hispano | Colaboradora
Mucho antes de las seis de la mañana, Celestina López ya está en pie. Empieza su día motivada y dispuesta a cumplir con una jornada de más de 16 horas, que divide entre sus tres trabajos. Le encantan, reconoce. La hacen sentir activa y con la misma energía de hace treinta años cuando, en el 95, llegó a Estados Unidos desde Guatemala.
En su tierra, era madre soltera de tres niños pequeños y trabajaba sin descanso para mantenerlos. En aquel tiempo, aunque sus turnos eran largos, el dinero no alcanzaba, así que tomó la decisión de emprender viaje hacia el norte del continente.
“El primer día que llegué a este país salí a buscar trabajo y lo conseguí”. Desde ese momento, no ha parado. Tener varios empleos ha sido su forma de vida. Hoy, hace el recorrido escolar a niños de Peekskill, dirige un restaurante por las mañanas y administra otro por las noches.
Su historia es inspiradora, pero no excepcional entre las mujeres latinas migrantes. Según datos de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS), solo en noviembre de 2025, unas 749 mil mujeres latinas mantenían múltiples trabajos simultáneamente. Además, el U.S. Census Bureau reveló que cerca del 26 % de los hogares hispanos en Estados Unidos están encabezados por mujeres sin pareja. En Nueva York, más de 1.3 millones de mujeres son sostén principal o único de sus familias, de acuerdo con el Center for Women’s Welfare de la University of Washington. Estudios del Pew Research Center también muestran que los trabajadores hispanos tienen mayor probabilidad de desempeñar múltiples empleos o jornadas extendidas en sectores de servicio, cuidado y hospitalidad.
Los trabajos que desempeña Celestina encajan en esas áreas. Ella desde temprano recorre las calles de la ciudad a bordo de su Subaru 2016, cargada de media docena de chiquillos. A las nueve ya está en el diner que regenta en la calle Bank. A las dos, empieza nuevamente la ruta escolar y, en cuanto acaba, se dirige a Mohegan Lake —también en Westchester— al otro restaurante familiar, ubicado en la ruta seis, donde termina su horario cerca de las once.

Aunque los días pueden ser extenuantes, Celestina lleva el ritmo bastante relajada. “Aprendí que la organización es la clave. Para mí perder un minuto es como perder una hora”, cuenta.
Está consciente de que los múltiples turnos son pesados. Incluso, durante años, trabajó siete días a la semana. Después, junto a su familia, abrió una panadería. Entonces, su jornada solía empezar cerca de las cuatro de la mañana y terminaba mucho después de la puesta del sol. Más tarde emprendió con un deli. Hacía malabares para ir de un trabajo a otro: el negocio, hacía el recorrido para los niños y, cuando tenía tiempo, era niñera.
Cuando nacieron sus hijas menores, entendió que necesitaba encontrar una forma de seguir produciendo dinero sin alejarse de las niñas. Así que convirtió su casa en una guardería. “Yo quería ser una madre que estuviera presente. No quería que nadie más cuidara de ellas. Una persona me ayudaba a cumplir con todos los trabajos extra que yo tenía”, explica.
El balance ideal
Con los años, la idea del negocio cambió y dio paso a la inauguración de un restaurante y después de otro. Celestina seguía saltando de un lugar a otro constantemente. “Jamás llegaba tarde a ninguno o no cumplía con algo”, recuerda con orgullo. Actualmente, sus rutinas son parecidas. Trabajando aquí y allá. Aunque reconoce —por supuesto— que su rol favorito siempre será ser mamá. Hoy sus seis hijos, tres hombres y tres mujeres, son todos adultos. Incluso es la “afortunada” abuela de quince nietos, que suelen visitarla en los restaurantes.
Celestina los atiende con esmero, pues confiesa que le encantan los niños. La contagian de energía. Es por ello que, pese a no necesitarlo, continúa haciendo el recorrido escolar. “Las maestras y directoras de las escuelas me conocen y me recomiendan con los padres. Llevarlos a la escuela me encanta. Paso momentos felices con ellos. Me cuentan cosas y yo los escucho con cariño”.
Pie de foto 3: Gabriela al centro junto con sus compañeros de trabajo en una cadena de restaurantes de comida rápida. (Cortesía)
Algunos de los niños que conoció en el jardín de niños hoy están en la escuela secundaria. “Por eso no cambio el trabajo”, dice. “Cuando los niños están chiquitos es cuando más tiempo necesitan de uno”.
Por eso insiste en algo que aprendió durante años de jornadas dobles y triples: trabajar nunca puede significar desaparecer de la vida de los hijos.
“Uno puede tener dos o tres trabajos, pero los niños no solo necesitan que les den comida o ropa. Necesitan amor”, explicó.
De las estadísticas a la realidad
En apartamentos, cuartos rentados y casas compartidas, madres inmigrantes organizan sus días alrededor de turnos de trabajo, horarios escolares, niñeras, rutas de transporte y cuentas por pagar. Muchas llegaron solas. Otras dejaron hijos atrás durante años. Algunas aprendieron inglés mientras limpiaban casas o trabajaban en restaurantes.
Estas realidades se evidencian en los censos. Por ejemplo, el informe del BLS también confirma que mujeres divorciadas, separadas o viudas presentan una de las tasas más altas de múltiples empleos en el país: cerca del 7 % trabaja más de un empleo al mismo tiempo.
Gabriela Guerrero es una de ellas. Llegó desde Ecuador hace apenas dos años y medio. Sus jornadas transcurren entre un restaurante de comida rápida y limpieza de casas en distintas ciudades de New York y Connecticut. Su hijo, de dos años, es el motor principal de sus días. Todo gira en torno a él, confiesa y, aunque ha llegado a tener hasta tres trabajos a la par, garantizar su bienestar siempre ha sido su prioridad.
“Mi hijo es la razón del porqué hoy estoy aquí”, dice. Antes de ser madre, había recibido un diagnóstico de infertilidad. Tener a su niño es “una bendición”, aclara.
Aunque ama ser madre, reconoce que la rutina es agotadora. Sus mañanas empiezan entre las cinco y media o las seis. Prepara el desayuno. Organiza la pañalera. Deja lista la comida que su hijo llevará a casa de la niñera. Luego plancha su uniforme y trata de dejar limpia la cocina antes de ‘correr’ al trabajo.

Muchas veces lleva a su hijo dormido en brazos. “Es muy triste, pero es el esfuerzo que una hace para el futuro”.
Hace un año se separó del padre del niño, lo que, de alguna manera, reestructuró su dinámica. Sin embargo, confiesa que la rutina es igual o un poco menos ajetreada. “Ser esposa o pareja también demanda tiempo y hace que los días sean más pesados. El ser madre es lo más importante para mí, pero me organizo para cumplir con mis trabajos porque si yo dejo de trabajar un día, mi economía disminuye”, dice.
Trabaja los siete días de la semana. No tiene un calendario pegado a la pared o una agenda en la cartera. Deja que sus días fluyan y evita la sobrecarga de actividades, porque le genera ansiedad.
Gabriela es una madre entregada e involucrada en la educación de su hijo. Evita darle pantallas. Le enseña los colores y las vocales y trata de pasar tiempo de calidad con él aunque llegue agotada.
La salud mental y la sobrecarga
Gabriela admite el cansancio físico y emocional que generan las jornadas dobles y triples, pero asegura que aprendió a sobrevivir organizando cada parte de su día.
“Este país es muy próspero cuando uno aprende a manejar los tiempos”, explica. Ella cree que el secreto para salir adelante es la “resistencia”. “No es una carrera de velocidad”, señala.
Durante un tiempo llegó a tener jornadas que empezaban al amanecer y terminaban cerca de las dos de la madrugada.
Por la mañana hacía trabajos de limpieza. Al terminar, se ponía su uniforme para cumplir con su turno en el restaurante y hasta preparaba comida para vender. “Siempre me decía a mí misma: falta poquito”, recuerda. Actualmente, son pocas las veces en las que sus múltiples trabajos se juntan en un mismo día.
Gabriela asegura que muchas veces la gente romantiza el tener múltiples trabajos por los beneficios económicos que esto tiene. Sin embargo, no dimensionan el desgaste que existe detrás.
“Siempre hay cuentas por pagar, hay cansancio, hay un niño esperando en casa”.
Durante una etapa especialmente difícil decidió buscar ayuda psicológica para manejar la ansiedad, el estrés y la presión de sostener su hogar mientras atravesaba su separación.
“Entendí que tenía ansiedad y codependencia emocional. Si yo no estaba bien, mi hijo no iba a estar bien, por eso fui a terapia”.
Un estudio del National Bureau of Economic Research ha documentado que las mujeres con más de un empleo presentan mayores niveles de estrés psicológico y síntomas depresivos que aquellas con un solo trabajo, especialmente en contextos de bajos ingresos y alta carga familiar.
En el caso de las mujeres inmigrantes latinas, investigaciones publicadas en el Journal of Immigrant and Minority Health señalan una prevalencia significativamente más alta de síntomas depresivos, asociada a la acumulación de empleos, la precariedad laboral y la ausencia de redes de apoyo.
Asimismo, la American Psychological Association ha documentado también que el apoyo social actúa como un factor protector clave frente al estrés crónico, reduciendo el riesgo de ansiedad y depresión en contextos de alta carga laboral y familiar.
Y eso es precisamente lo que hizo Gabriela: acompañarse de una red de apoyo para la crianza. Ella mantiene una buena relación con su expareja. “Él me dice que admira mucho lo que he logrado. A veces uno no se da crédito por lo que hace hasta que alguien más lo nota”, recalca.
Con el tiempo aprendió también a dejar de exigirse perfección absoluta.
Antes intentaba controlar horarios exactos para todo. Si el tráfico la retrasaba o surgía un problema en el trabajo, se frustraba profundamente. Hoy deja que fluya, entendiendo que ser mamá y trabajadora es una vida caóticamente hermosa.
Publicado el 22 de mayo de 2026
WESTCHESTER HISPANO
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