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Cuando enseñar también es cuidar

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Maestros bilingües acompañan a estudiantes migrantes mucho más allá del aula y el idioma

Marilyn Ojeda y David Cruz han compartido años de trabajo como maestros bilingües en el distrito Lakeland. Ojeda recuerda con gratitud que Cruz fue una de las primeras personas que la orientó cuando comenzó su camino en la educación bilingüe. (Ariana Almeida-Martínez)

Ariana Almeida-Martínez / Colaboradora

Hay historias de maestros que no se cuentan desde el aula, sino desde los pasillos, desde los almuerzos compartidos, desde los zapatos que aprietan y las palabras que llegan tarde, pero salvan a tiempo. Historias donde la enseñanza deja de ser una materia y se convierte en una forma de cambiar el mundo.

Es allí, en una escuela donde los idiomas se cruzan, donde la migración se siente en los nombres, en las mochilas y en los silencios, donde dos maestros recuerdan algo que no aparece en los manuales: que enseñar, a veces, también es cuidar.

Pero no son maestros cualesquiera, son maestros bilingües que se han convertido en intérpretes, mediadores, confidentes y, muchas veces, en la primera persona que logra decirle al estudiante: “Aquí perteneces”.

Marilyn Ojeda siempre entendió la educación de forma distinta, incluso antes de que fuera madre y mucho antes de acumular más de dos décadas de experiencia laboral.

-Aviso-

“Tengo veinticinco años enseñando. Seis años fui maestra bilingüe en el Bronx y dieciocho años en Lakeland como maestra de inglés”, cuenta.

Poco habla de currículos, tecnología o estrategias pedagógicas, pues para ella el eje de la educación es tener atención al detalle. “Yo siempre miraba a los niños y decía, por ejemplo: ‘Guau, ese niño yo sé que está pasando por malos momentos’”.

Ojeda veía lo que otros no: estudiantes sin abrigo, con zapatos que dolían, con historias que no cabían en una lección. Y un día, uno de ellos le dijo: “Miss Ojeda, me duelen los pies”. Los zapatos estaban tan apretados que no le servían.

Ella no lo dejó pasar. Primero pidió permiso a la madre del alumno. Luego fue a una tienda y le compró unos nuevos.

“El punto es que si tú vas a educar a un niño, tú tienes que atender todas las partes: su corazón, su cabeza, no solamente con la parte académica”.

La maestra cree que la escuela no es solo un lugar de transmisión de conocimientos, sino de acompañamiento. “Yo no podría entrar a un aula y decir: ‘Ok, abran su libro, hagan tal lección… y adiós’. Esa no soy yo”.

Al principio fue instinto. Con el tiempo, se transformó en una convicción más profunda: la confianza es una herramienta pedagógica. Porque el estudiante aprende distinto cuando siente que alguien cree en él, incluso cuando él mismo no lo hace todavía.

Un lenguaje secreto

En Van Cortlandtville Elementary School, donde trabaja actualmente, muchas intervenciones de la maestra bilingüe ocurren incluso antes de que el niño entre al salón de clases. Cuando una familia migrante llega al distrito, los maestros de ENL (inglés como nueva lengua) realizan entrevistas para conocer la situación familiar: con quién vive el estudiante, por qué migró, si los padres están presentes o si quedó al cuidado de abuelos u otros familiares.

“Teniendo toda esa información, hablamos con la maestra que le va a tocar y le decimos: ‘Mira, esto pasó, el niño vive con los abuelos, los padres todavía no están aquí…’”.

Para ella, ese contexto cambia por completo la manera en la que un docente debe aproximarse al estudiante.

“Quizás ese niño no tenga el apoyo de alguien que se siente con él a leer todas las noches, por ejemplo”.

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La adaptación también pasa por herramientas concretas. En muchos casos, los estudiantes reciben una tablet con programas de traducción para ayudarlos a entender materiales que solo existen en inglés.

Sin embargo, Ojeda insiste en que la meta es no depender eternamente de la tecnología, sino acompañar el momento en que el estudiante empieza a sentirse capaz por sí mismo.

“El mismo niño va diciendo: ‘No, hoy yo quiero tratar de leer este cuento solo’”.

Pero quizá una de las estrategias más reveladoras que describe la maestra bilingüe es también una de las más simples. Sabe que muchos estudiantes de ENL sienten vergüenza de pedir ayuda delante de sus compañeros. Por eso, con sus colegas implementaron un sistema discreto: si el niño no entendió algo, escribe la duda en una nota adhesiva y la deja sobre el escritorio de la maestra.

“Esas son formas secretas para apoyar a la seguridad del niño y que no sienta que todo el mundo está viendo que no entendió”.

Ese cuidado silencioso aparece también en historias más difíciles. Como la de un niño colombiano que llegó al país sin su madre por cuestiones migratorias. El padre y los hermanos pudieron viajar, pero ella tuvo que quedarse en su país de origen durante casi dos años antes del reencuentro.

“Él estaba superdeprimido porque extrañaba mucho a su mamá”.

Ojeda y la maestra del salón comenzaron a sentarse con él durante el almuerzo, a abrazarlo, a mantener informado al padre sobre cómo se sentía cada día. Hasta que decidieron darle un premio especial cuando hiciera bien las tareas: llamar a su madre desde sus propios celulares.

Para la maestra, el gesto era sencillo. Para el estudiante, era la confirmación de que alguien estaba pendiente de él.

Luchar contra la deserción

En la misma conversación, David Cruz, otro maestro bilingüe, recorre otro camino, pero con un destino común. Lleva más de veinticinco años en el distrito Lakeland y ha trabajado en middle y high school.

Viene de una trayectoria fuera de la educación, de años en el mundo corporativo. Trabajaba en el área financiera de People Magazine hasta que la vida lo llevó a las aulas. “Uno no se hace maestro para hacerse rico. Es de verdad por el cariño”, dice.

Cuando comenzó, apenas existían tres maestros bilingües en el distrito. Hoy son catorce.

Cruz menciona que en la escuela secundaria, los desafíos son distintos. Muchos estudiantes migrantes llegan con interrupciones en su educación, otros vienen del campo, algunos deben trabajar para ayudar económicamente en casa y otros simplemente cargan responsabilidades “demasiado adultas” para su edad.

Son jóvenes que trabajan hasta la madrugada, que cuidan hermanos, que llegan con el cansancio encima antes de abrir un cuaderno. En una ocasión, uno de ellos le explicó que no había entregado una tarea porque había trabajado hasta tarde.

“Yo tuve que decirle a la maestra: you have to be flexible (tú debes ser un poco más flexible con este alumno)”.

Cruz se siente afortunado de poder ser el ‘puente’ entre los alumnos que no hablan inglés y sus maestros. Gran parte de su trabajo consiste en traducir sus realidades al resto del sistema escolar.

“Podemos ser su voz”, resalta.

Para él, la enseñanza no puede separarse del contexto. Hay estudiantes que no solo están aprendiendo una nueva lengua, sino que están sobreviviendo al día. A veces, su meta no es una carrera universitaria, solo quieren trabajar y se conforman con aprender un nivel básico del idioma.

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“Survival English”, lo llaman. Ese inglés para pedir un vaso de agua, para trabajar en un restaurante, para moverse en la vida inmediata.

Cruz menciona que hay historias difíciles. Estudiantes que llegan sin créditos suficientes, que son ubicados en grados más bajos por edad o por el sistema, pero que avanzan cuando alguien les abre otra ruta. “Siempre hay opciones para que terminen de estudiar”, insiste Cruz, para referirse a programas alternativos como el GED (examen equivalente al diploma de secundaria) o BOCES (programa que ofrece formación técnica y vocacional). Así, los estudiantes encuentran un camino más viable para terminar la escuela y seguir trabajando.

Cruz también recuerda momentos en los que tuvo que intervenir frente a comentarios discriminatorios dentro de la propia escuela. Recuerda la historia de un muchacho que se estaba fugando del aula en horas de clases y una administradora insinuó que el alumno debía ser “más agradecido” por las oportunidades que recibía en ese lugar.

“Yo le dije que el hecho de que esté faltando a clases no tenía nada que ver con que él fuera de Ecuador o que existiera una razón para ser más agradecido por recibir algo que está garantizado para cualquier estudiante americano”.

Para Cruz, muchas veces los alumnos necesitan alguien que los defienda dentro del sistema educativo. “Si nosotros no vamos a abogar por ellos, es posible que otros no lo hagan”.

Pero entre las dificultades también aparecen los triunfos: estudiantes que terminan en la universidad, otros que ingresan al ejército y jóvenes que descubren nuevas posibilidades cuando visitan campus universitarios como Westchester Community College.

“Si ellos no lo ven, no saben lo que están perdiendo”. Por eso organizan recorridos, reuniones y conversaciones con las familias para motivarlas y demostrarles que superarse sí es posible.

David Cruz ha dedicado gran parte de su trayectoria a defender a estudiantes migrantes dentro del sistema educativo, convirtiéndose muchas veces en su voz cuando ellos aún no podían expresarse en inglés. (Ariana Almeida-Martínez)

La maestra de los maestros

Detrás de cada maestro bilingüe no solo hay una historia personal de vocación, sino también un proceso de formación que intenta preparar a futuros docentes para enfrentarse a realidades que rara vez caben en un currículo tradicional.

Es allí donde aparece una pregunta inevitable: ¿cómo se forma un maestro capaz de sostener todo eso?

Mariana Zinni, quien trabaja desde 2008 en Queens College formando futuros docentes y especializando a los que ya lo son, menciona que la vocación no basta. Para ella, los pilares fundamentales son la empatía, el saber escuchar y, sobre todo, la voluntad de servir. “Educar es un servicio, no se hace automáticamente”, detalla. Para Zinni hay que brindar conocimiento, pero también ayudar al estudiante para que le vaya bien.

Zinni prepara a los profesionales que eventualmente ingresarán a aulas donde conviven múltiples idiomas, culturas y experiencias migratorias. Su enfoque parte de una idea central: enseñar no es solo transmitir contenidos, sino aprender a leer la complejidad humana detrás de cada estudiante.

Explica que el proceso de convertirse en maestro bilingüe no se reduce a dominar el idioma, sino a certificar competencias lingüísticas, culturales y pedagógicas. En el caso de programas como los de Queens College, los futuros docentes deben demostrar un nivel sólido de español —muchas veces nativo o de herencia— y desarrollar una comprensión académica profunda del idioma, no solo en su uso cotidiano, sino también en su dimensión literaria y cultural.

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El programa puede completarse en cuatro semestres e incluye además tutoría, donde los futuros docentes comienzan a acercarse a la práctica educativa, apoyando a otros estudiantes en tareas de gramática y comprensión del español.

Un punto que recoge toda su visión pedagógica es la idea de que el maestro bilingüe entra en un sistema profundamente atravesado por la migración.

Estos estudiantes vienen de experiencias y de contextos sociales y económicos muy distintos… “muchos han sido forzados a repetir cursos” o a ubicarse en niveles más bajos no por su capacidad, sino por la falta de fluidez en inglés.

En ese tránsito, los niños no solo están aprendiendo un idioma: están adaptándose a un país nuevo, a una escuela nueva y, muchas veces, a una vida familiar completamente reconfigurada. Algunos llegan después de procesos de separación familiar y otros tras trayectorias escolares interrumpidas.

“Son estudiantes traumatizados por la experiencia de migrar”, dice, sin suavizar el término.

En ese contexto, el rol del maestro bilingüe se vuelve mucho más amplio que el académico. No solo enseña contenidos, sino que interpreta el sistema educativo para familias que no lo conocen, explica procedimientos, acompaña procesos de adaptación y actúa como puente entre la escuela y el hogar.

“Los maestros se convierten en mediadores entre la institución y las familias”.

En la formación docente, Zinni también observa con atención los perfiles de quienes eligen este camino. Muchos son estudiantes hispanos o de herencia latina, personas que crecieron entre dos idiomas y que encuentran en la enseñanza una forma de conexión con su propia identidad cultural. “Son estudiantes que buscan una salida laboral en la cual puedan seguir practicando sus costumbres y su lengua”, dice.

Y en ese escenario, la enseñanza deja de ser lineal. Zinni defiende una pedagogía crítica, donde la materia no se repite de forma mecánica, sino que se conecta con la vida del estudiante. “Lo importante es que los contenidos sean significativos”, plantea.

Porque, al final, formar un maestro bilingüe no es únicamente prepararlo para enseñar gramática o literatura. Es prepararlo para reconocer que detrás de cada estudiante hay una historia en tránsito y que, muchas veces, el que esa aula se convierta en un lugar seguro está en sus manos.

Lo que une estas historias no es el idioma ni el sistema escolar. Es la forma en la que, dentro de ese sistema, algunos maestros deciden mirar distinto. Y, en medio de todo eso, hay algo que no aparece en los programas oficiales, pero que se repite en cada personaje: un maestro bilingüe no siempre cambia el sistema, pero a veces lo estira suficiente como para que ningún estudiante se quede afuera.


Publicado el 21 de mayo de 2026


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