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Una hermandad de familia

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Los once hermanos Llamoca Farfán fundaron y mantienen viva la Hermandad del Señor de los Milagros de Hartsdale, una singular tradición peruana que cumple veinte años

Luego de la misa, la imagen del Señor de los Milagros de Hartsdale ingresa al salón de la escuela de la Iglesia Sacred Heart Parish, cargada por los hermanos Llamoca.
Foto: WH.

Maricarmen Amado | Westchester Hispano

Hartsdale, NY

Cada vez que la imagen del Señor de los Milagros es venerada en Hartsdale, once hermanos reviven los recuerdos de su infancia en el Perú, los sacrificios que acompañaron su llegada a Estados Unidos y las enseñanzas de sus padres, quienes les inculcaron la fe, la solidaridad y la importancia de permanecer unidos.

Son los hermanos Llamoca Farfán, fundadores e integrantes de la Hermandad del Señor de los Milagros de Hartsdale, una organización religiosa con una característica particular: a diferencia de otras hermandades que reúnen a numerosos devotos de distintas familias y comunidades, esta está conformada por los once hermanos.

Ellos son quienes mantienen la responsabilidad de organizar cada año la festividad del Cristo Morado, con la colaboración de hijos, nietos, otros familiares, amigos y voluntarios.

-Aviso-

En 2026, la familia conmemora veinte años desde la llegada de la imagen a Estados Unidos, acontecimiento que dio origen a una celebración religiosa y cultural que se ha convertido en parte de su identidad y de la presencia peruana en el condado de Westchester. Fue realizada el sábado 10 de octubre en la Iglesia Sacred Heart Parish, en Hartsdale.

La primera procesión se realizó en 2007. Desde entonces, la devoción ha trascendido el ámbito familiar para reunir a feligreses y personas de diferentes nacionalidades.

Detrás de esta tradición existe una historia de inmigración, reunificación familiar, dificultades y esperanza que comenzó mucho antes de que la imagen llegara a Hartsdale.

De Lima a una nueva vida en Westchester

La historia de la familia Llamoca Farfán en Estados Unidos comenzó en 1983, cuando Margarita, una de las once hermanas y hermanos, emigró desde Lima.

Su partida representó el inicio de un largo proceso de reunificación familiar que se prolongó durante casi dos décadas.

Con el tiempo, otros integrantes siguieron sus pasos, hasta que lograron reunirse con sus padres, don Luis Llamoca Asto y doña Josefa Farfán Luna.

La familia decidió establecerse en Hartsdale, atraída por la tranquilidad, la belleza y el ambiente familiar de esta comunidad. Allí adquirieron una vivienda para sus padres y comenzaron una nueva etapa.

Los once hijos del matrimonio son María, Luis, Esperanza, Guido, Margarita, Ignacio, Emma, Carmen, Rosa, Maribel e Itziar.

La familia extensa suma actualmente 43 integrantes, de acuerdo con el recuento compartido en la entrevista con Westchester Hispano, que incluye a los padres fundadores, sus once hijos, once nietos, seis bisnietos y trece cónyuges de hijos y algunos nietos.

Aunque don Luis y doña Josefa ya fallecieron, sus enseñanzas continúan presentes en la vida de sus descendientes.

Los hermanos Llamoca, ingresando con la imagen del Sr de los Milagros de Harstdale.

Los sacrificios de una familia inmigrante

La llegada a Estados Unidos significó nuevas oportunidades, pero también dificultades que los hermanos debieron superar.

Una de las mayores barreras fue el idioma inglés. No dominarlo complicaba actividades cotidianas como realizar trámites, comunicarse con otras personas y obtener una licencia de conducir.

A esas dificultades se sumaron las responsabilidades laborales, los estudios y la crianza de los hijos.

Una integrante de la familia recordó su experiencia como madre inmigrante. Después de haber trabajado durante diez años como asistente social en un hospital antes de emigrar, tuvo que comenzar una nueva etapa laboral limpiando casas mientras estudiaba en Mercy College.

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Cada mañana llevaba a su hijo a la escuela, trabajaba y regresaba para recogerlo, preparar la comida y ayudarlo con sus tareas antes de asistir a clases.

Cuando no encontraba quién lo cuidara, lo llevaba consigo. En ocasiones, el niño permanecía dentro del salón; otras veces esperaba afuera, siempre cerca de su madre.

Aquella experiencia le permitió comprender el valor de la perseverancia y la dignidad del trabajo, independientemente de la profesión que se hubiera ejercido anteriormente.

Con los años, varios hermanos lograron continuar sus estudios, desarrollarse profesionalmente y adquirir viviendas.

Sus padres también demostraron su espíritu emprendedor al establecer Fiesta Place, una tienda en Port Chester dedicada a artículos y decoraciones para matrimonios, quinceañeros, aniversarios, graduaciones y otras celebraciones.

El negocio atendió a clientes de Westchester, Connecticut y comunidades del Caribe, y se convirtió en una expresión del esfuerzo familiar y de su integración a la sociedad estadounidense.

Sin embargo, para los Llamoca Farfán, el mayor logro no ha sido económico, sino haber mantenido la unión familiar y transmitido sus valores a las siguientes generaciones.

Las hermanas Llamoca, luego de la misa ofrecida al Señor de los Milagros de Hartsdale.
Foto WH.

Una devoción que nació en el Perú

La historia de la Hermandad del Señor de los Milagros de Hartsdale tiene sus raíces en la infancia de los once hermanos.

En Lima, sus padres los llevaban cada año a participar en la tradicional procesión del Cristo Morado, una de las manifestaciones religiosas más representativas del Perú.

Entre sus recuerdos permanece la figura de su tía Genoveva, hermana de don Luis, quien viajaba a Lima para participar en la celebración y vestía el hábito morado durante todo octubre.

Aquellas experiencias dejaron una profunda huella espiritual.

Al establecerse en Estados Unidos, los hermanos sintieron nostalgia por las celebraciones religiosas que formaban parte de su vida familiar.

Deseaban mantener cerca la imagen del Señor de los Milagros y compartir esa devoción con sus hijos, familiares y compatriotas.

La decisión de organizar una celebración en Hartsdale no nació de una promesa individual, sino de un compromiso asumido por los hermanos.

“Más que una promesa individual, fue un compromiso familiar de fe, amor y gratitud», explicaron durante la entrevista.

Ese compromiso daría origen a una hermandad cuya conducción y organización permanecerían en manos de la familia fundadora.

El nacimiento de la Hermandad de Hartsdale

El 16 de agosto de 2006 marcó un momento decisivo para los Llamoca Farfán.

Ese día llegó a Estados Unidos la imagen del Señor de los Milagros, traída por Maribel, una de las hermanas, y su esposo, Rubén.

La familia recibió la imagen con una emoción especial, porque representaba una conexión directa con su infancia y con las tradiciones que habían dejado en el Perú.

En octubre de ese mismo año, llevaron la imagen a una misa, donde fue bendecida por monseñor Patrick Carney.

Después organizaron una cena en su hogar para celebrar aquel acontecimiento.

En 2007 realizaron la primera procesión por Hartsdale.

Durante los primeros años, la festividad era sencilla y la recepción de los participantes se efectuaba en los pasillos de la iglesia.

Con el paso del tiempo, los hermanos consiguieron un local más amplio, incorporaron música y comenzaron a ofrecer platos tradicionales de la gastronomía peruana.

La celebración fue creciendo gracias al esfuerzo de los fundadores y a la colaboración de familiares, amigos y voluntarios.

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Actualmente, la organización se distribuye mediante comités encargados de coordinar la iglesia, el local de recepción, la alimentación, las flores, la música, la decoración y los demás preparativos.

Aunque muchas personas participan y colaboran, los once hermanos siguen siendo los integrantes de la hermandad y los principales responsables de la festividad anual.

Esta particularidad distingue a la Hermandad de Hartsdale de otras organizaciones similares y explica el profundo carácter familiar que conserva después de dos décadas.

La familia Llamoca ofreció una recepción luego de la misa y procesión, y deliciosos potajes peruanos.

Una procesión llena de emociones

La celebración de este año tuvo un significado especial por el vigésimo aniversario de la llegada de la imagen.

Los integrantes de la familia acompañaron al Señor de los Milagros desde su hogar hasta la iglesia, entonando su himno durante el recorrido.

Allí los esperaban feligreses, familiares y amigos que se sumaron a la jornada religiosa.

Uno de los momentos más emotivos ocurrió cuando la familia llevaba la imagen hacia el templo.

“Mis manos temblaban de emoción y todo mi ser sentía su presencia y su luz”, recordó una de las integrantes.

Para los hermanos, la procesión representa un encuentro espiritual, pero también una oportunidad para recordar a sus padres y a los feligreses mayores que los acompañaron durante los primeros años.

Cada celebración revive los recuerdos de quienes contribuyeron a mantener viva la tradición y que hoy ya no están físicamente presentes.

“Ver la imagen del Señor de los Milagros recorrer las calles de Hartsdale nos hace sentir que un pedacito de nuestra querida patria peruana está presente en esta tierra que nos acogió”, expresaron.

La emoción combina la nostalgia por el Perú con el agradecimiento hacia Estados Unidos, el país donde construyeron sus hogares y criaron a sus hijos.

La fe frente a los momentos más difíciles

La vida de los Llamoca Farfán también estuvo marcada por las enfermedades y la pérdida de sus padres.

Don Luis enfrentó una prolongada enfermedad terminal que, durante más de dos años, le impidió alimentarse normalmente y lo obligó a utilizar una traqueostomía para respirar.

Sus hijos recuerdan su serenidad y fortaleza, incluso durante los momentos de mayor sufrimiento.

La familia pudo cuidarlo en el hogar hasta sus últimos días. Falleció mientras dormía, acompañado por el cariño y la atención de sus seres queridos.

En 2021, la familia sufrió nuevamente una pérdida dolorosa con el fallecimiento de doña Josefa, después de una enfermedad breve e inesperada de aproximadamente dos semanas.

Ante la imposibilidad de su recuperación, sus hijos decidieron llevarla a casa para acompañarla y brindarle cuidados durante sus últimos días.

Estas experiencias reforzaron los vínculos familiares y dieron un significado todavía más profundo a su devoción.

Para los hermanos, cuidar a sus padres fue una manera de agradecerles los sacrificios realizados para ofrecerles un futuro mejor.

Hoy, la memoria de don Luis y doña Josefa permanece presente en cada procesión.

Miembros de hermandades del condado de Westchester y otras áreas participaron en la procesión de la Hermandad de Hartsdale.
Foto: WH

El legado que sostiene la hermandad

Entre las enseñanzas que don Luis transmitió a sus hijos existe una frase que continúa guiando la vida familiar:

“Uno para todos y todos para uno”.

No era solamente un lema, sino una forma de entender la solidaridad entre hermanos.

Otra expresión que se repetía en el hogar era: “Esto pertenece al que lo necesita”.

Con ella, los padres enseñaban que los bienes materiales debían compartirse y que las necesidades de los demás merecían atención y respeto.

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La humildad también ocupaba un lugar central en la educación familiar.

Don Luis y doña Josefa inculcaron a sus hijos la importancia de tratar a todas las personas con la misma dignidad, independientemente de su origen, condición económica o posición social.

Esos principios se reflejan hoy en la organización de la festividad.

Cada hermano aporta tiempo, trabajo y recursos para cumplir con las responsabilidades que demanda la celebración anual.

La colaboración de los demás familiares y voluntarios permite que la procesión continúe realizándose y que los participantes compartan un encuentro religioso y cultural.

Hijos y nietos continúan la tradición

Uno de los mayores orgullos de los fundadores es comprobar que las nuevas generaciones también se han involucrado en la celebración.

Muchos de sus hijos y nietos comenzaron a participar cuando eran pequeños. Hoy son adultos y algunos tienen sus propias familias, pero siguen colaborando en la organización.

Ayudan en la preparación de alimentos, la decoración, el servicio a los invitados, la limpieza y otras tareas necesarias.

Los cónyuges de los familiares también se han integrado a esta tradición, junto con amigos y voluntarios de diferentes nacionalidades.

Para los once hermanos, esa participación demuestra que la devoción ha logrado trascender una generación.

Aunque la hermandad está conformada por ellos, desean que sus descendientes continúen la celebración y mantengan vivo el compromiso que asumieron sus fundadores.

La transmisión de la tradición también ocurre en la vida cotidiana, mediante la enseñanza del español, la gastronomía peruana, la música, las costumbres y los valores familiares.

Los hermanos consideran que conservar sus raíces no significa dejar de integrarse a Estados Unidos, sino enriquecer la vida de sus hijos y nietos con la herencia cultural y espiritual del Perú.

Veinte años de historia y una palabra: esperanza

Al mirar hacia atrás, los Llamoca Farfán reconocen que la Hermandad del Señor de los Milagros de Hartsdale es el resultado de una historia colectiva.

La celebración reúne los recuerdos de la infancia en Lima, el largo proceso de reunificación familiar, los sacrificios de la inmigración y las enseñanzas de sus padres.

También representa el esfuerzo de once hermanos que decidieron asumir juntos la responsabilidad de mantener viva una tradición religiosa lejos de su país de origen.

Su mayor deseo es que las próximas generaciones continúen organizando la festividad y que algún día sus nietos sean quienes carguen la imagen del Cristo Morado por las calles de Hartsdale.

Imaginar ese momento les produce una profunda emoción, porque significaría que el legado familiar permanece vivo.

Al preguntarles qué palabra resume lo que el Señor de los Milagros ha significado para ellos, respondieron sin vacilar:

“Esperanza”

La esperanza que acompañó a Margarita cuando emigró sola en 1983; la que sostuvo a los hermanos durante casi dos décadas de separación; la que les dio fortaleza durante las enfermedades de sus padres y la que hoy depositan en sus descendientes.

Esa misma esperanza es la que cada año lleva a los once hermanos a reunirse, organizar la procesión y compartir su devoción con la comunidad.

Porque, para la familia Llamoca Farfán, la Hermandad del Señor de los Milagros de Hartsdale no es solamente una organización religiosa. Es la expresión de una historia familiar construida con fe, sacrificio, solidaridad y amor por dos patrias.